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La vida misma

In Sueños on 18 Noviembre, 2009 at 4:23 pm

En mi memoria sólo quedan retazos, fragmentos de emociones, pero al despertar el sentimiento de lo vivido era de continuidad en el tiempo y en el espacio, como si se tratara de un relato o una historia paralela a la vida real, o tal vez lo soñado es la vida real y la historia paralela, la ficción, el espejismo, es el hecho de estar escribiendo esto ahora.

Estaba en una ciudad africana con un grupo de personas (no recuerdo quiénes, ni cuántos éramos, sólo -y muy vagamente -, a una mujer que parecía importante dentro del grupo, y a un hombre que parecía ser su pareja). Montábamos una gran tienda, muy confortable, en un solar de las afueras. Unas alfombrillas gruesas hacían de camas. Las probaba. El interior de la jaima era colorido y con una luminosidad cálida y agradable. Salíamos en dirección al centro de la ciudad, guiados por dos chavalitos locales. Fuimos por los tejados de las casas, de una a otra, subiendo y bajando por escaleras y terrazas. Recordé que ya había estado antes allí y que, aunque en aquella experiencia anterior no me habían permitido montar la jaima y tuve que quedarme en un hotel, me gustaba poder ir a todas partes de terraza en terraza, sin pisar la calle. El trayecto estaba abarrotado de gente. Yo seguía los pasos y hacía los mismos movimientos que el chiquillo que me precedía. Para subir y bajar de las terrazas, entre la muchedumbre, a veces teníamos que apoyar la mano en el hombro de alguna persona. Atravesamos una gran sala circular en la que había un hermoso caballo de piedra, muy grande, que me llamó la atención. Llegamos a la plaza central, dónde nos dirigíamos, aunque de esta parte no me acuerdo bien. No sé por qué sentí la imperiosa necesidad de regresar a nuestra jaima, y decidí hacer yo sola el camino de vuelta. Reconocía perfectamente cada lugar según recorría el itinerario a la inversa. La única (y llamativa) diferencia era que ahora el trayecto estaba vacío. Ni un alma. Llegué a la sala del caballo de piedra y me detuve un rato, mirando las galerías y los pasillos que la circunvalaban. Me asaltó una especie de incertidumbre que no puedo definir, aunque sabía cuál era el camino que tenía que seguir hasta la jaima, tenía la sensación de que, cuando llegara, algo habría cambiado.

Pura soberbia

In Notas on 12 Noviembre, 2009 at 8:03 pm

Ese hombre…

Supo sacar de mi interior un personaje triste, ojeroso, deprimido y deprimente. Nunca me he visto tan fea y poco deseable como en los meses que pasé junto a él.

Un día, hace ya casi un año, le dije que no quería volverle a ver jamás.

Lo raro es que me ha dejado una marca más profunda y más dolorosa que otras personas que sí merecen la pena. Y eso me cabrea. Me cabrea porque no entiendo por qué. No entiendo por qué, tanto tiempo después, aún me sorprendo refocilándome en el charco de mierda que me dejó en el alma.

Aunque sí que lo entiendo, lo que duele es la humillación, el orgullo herido.

La purita soberbia que me devora hace que un papanatas inseguro ocupe demasiado espacio en mis pensamientos y sentimientos.

Y me detesto por eso.

Vuelve

In Notas on 12 Octubre, 2009 at 4:58 pm

Han pasado unos meses desde su espantada sin explicaciones. Vuelve. Y está tan guapo como en mis recuerdos. Quiere hablar. Y hablamos. Le sigo queriendo, pero no se lo digo. Pretende que las cosas vuelvan a ser como eran. Como si nada hubiera pasado. Pero sí ha pasado. Y yo soy otra. La misma y otra. Siempre soy la misma y cada vez soy otra. No se da cuenta porque me mira pero no me ve. Quiere retomar las cosas en el punto en que se quedaron. Pero ese punto desapareció. Murió. Kaputt. Ya no existe. Le digo que eso no es posible. Aunque le quise mucho. Y le sigo queriendo.