En mi memoria sólo quedan retazos, fragmentos de emociones, pero al despertar el sentimiento de lo vivido era de continuidad en el tiempo y en el espacio, como si se tratara de un relato o una historia paralela a la vida real, o tal vez lo soñado es la vida real y la historia paralela, la ficción, el espejismo, es el hecho de estar escribiendo esto ahora.
Estaba en una ciudad africana con un grupo de personas (no recuerdo quiénes, ni cuántos éramos, sólo -y muy vagamente -, a una mujer que parecía importante dentro del grupo, y a un hombre que parecía ser su pareja). Montábamos una gran tienda, muy confortable, en un solar de las afueras. Unas alfombrillas gruesas hacían de camas. Las probaba. El interior de la jaima era colorido y con una luminosidad cálida y agradable. Salíamos en dirección al centro de la ciudad, guiados por dos chavalitos locales. Fuimos por los tejados de las casas, de una a otra, subiendo y bajando por escaleras y terrazas. Recordé que ya había estado antes allí y que, aunque en aquella experiencia anterior no me habían permitido montar la jaima y tuve que quedarme en un hotel, me gustaba poder ir a todas partes de terraza en terraza, sin pisar la calle. El trayecto estaba abarrotado de gente. Yo seguía los pasos y hacía los mismos movimientos que el chiquillo que me precedía. Para subir y bajar de las terrazas, entre la muchedumbre, a veces teníamos que apoyar la mano en el hombro de alguna persona. Atravesamos una gran sala circular en la que había un hermoso caballo de piedra, muy grande, que me llamó la atención. Llegamos a la plaza central, dónde nos dirigíamos, aunque de esta parte no me acuerdo bien. No sé por qué sentí la imperiosa necesidad de regresar a nuestra jaima, y decidí hacer yo sola el camino de vuelta. Reconocía perfectamente cada lugar según recorría el itinerario a la inversa. La única (y llamativa) diferencia era que ahora el trayecto estaba vacío. Ni un alma. Llegué a la sala del caballo de piedra y me detuve un rato, mirando las galerías y los pasillos que la circunvalaban. Me asaltó una especie de incertidumbre que no puedo definir, aunque sabía cuál era el camino que tenía que seguir hasta la jaima, tenía la sensación de que, cuando llegara, algo habría cambiado.
